El agroturismo es una práctica mundial que está llegando a Cuba, pero necesita estructurarse para ser aprovechado al máximo.

¿Quién no añora un plato típico del campo estando en medio de la ciudad? Nos pasa a casi todos, para no exagerar. Tal vez por esa añoranza extraña por lo ajeno, el agroturismo tiene cada vez más seguidores en el mundo.

A Cuba llega con su sello propio, y ya se conocen opciones en territorios como Pinar del Río, Sancti Spíritus, Camagüey, Las Tunas y otras ofertas pensadas para Matanzas.

¿Qué brindan? ¡De todo! Desde cosechar en las casas de tabaco, hasta cabalgar en medio del campo, o recorrer una finca y disfrutar de una ruta productiva que terminan en el consumo de las frutas que dan esas tierras, y hasta trabajar los suelos y en labores ganaderas.

Los turistas aprenden de las costumbres de los pobladores de esas zonas y conviven con ellos en sus construcciones típicas y rutinas cotidianas. A la vez disfrutan del consumo de productos completamente naturales, que pueden recoger de los árboles o extraer del surco.

Todo eso y más puede proporcionar el agroturismo, una opción naciente en Cuba que, como todo lo que empieza, debe perfilar más las bases sobre las que se sostendrá. Sobre esos pilares en el mundo jurídico ha estudiado Carmen Elena Enríquez Pérez, abogada espirituana que labora en el bufete colectivo de Yaguajay y presta servicios a unidades de la agricultura desde hace 28 años.

¨Cuando se oferta el turismo rural asociado a la tradición campesina, se está disfrutando de la producción alimentaria, de la recogida de frutos, de los animales y las cabalgatas…, entre otros beneficios¨, argumenta Carmen Elena.

¨Nuestro país ha alcanzado gran desarrollo rural, por lo que el agroturismo puede traer muchos beneficios a la comunidad y a la producción alimentaria. Pero es imprescindible que el hombre se capacite. No se requieren grandes recursos, solo organización¨, prevé la experta.

La ANAP, sugiere, podría ser coordinadora de la actividad de promoción y educación social del campesinado para el desarrollo del agroturismo, y avizora que deberá existir una apertura por parte de los decisores en esta actividad (Mintur y Minag), que deben revisar las políticas y regulaciones que posibiliten esta práctica por las bases productivas.

«Esto no es tan costoso como las grandes inversiones en el turismo de sol y playa. Pero habría que establecer las bases que regulan su desarrollo», analiza.

Este turismo no requiere de enormes cambios, porque el turista quiere ir a lo que existe y no a una gran construcción. En este caso se debe priorizar lo típico, pondera.

Con información de Juventud Rebelde.

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